Lo contaré tal y como lo recuerdo:
Cuando la vi no reparé en su presencia. Pero la cola por la que ambos esperábamos era demasiado larga como para no intentar averiguar algo sobre aquellas personas, y por lo que sea, esta vez le tocó a ella.
En realidad no fue tan casual como lo pinto, en un primer momento he de reconocer que me recordó a mi abuela, por esa extraña sensación que adquieren las personas mayores, de hablar siempre sobre cualquier cosa como si todo en su mundo tuviera mucha importancia.
Al principio pensé que simplemente comentaba el periódico con otra señora más joven, que por algún casual había ido a parar justo a su lado. Pensé que por cortesía esta se dedicaba a asentir todo lo que la mujer mayor decía, pensé que tendría sus propios problemas y que por lo que fuera no quería darle conversación.
Pero suele pasar, y sobre todo en las colas largas, que nadie es lo que parece. Cuando una persona hace cola en un lugar público, siempre intenta de cualquier forma demostrar que está allí por algo fortuito, que no son sus dominios, que hay algún fallo en el papeleo. Cualquier escusa, la que sea para dejar claro a los demás, que hacer colas en lugares públicos implica una bajada de su estatus social, y que en cuanto termine seguirá con su vida emocionante.
El caso es que tras observar a la señora, vine a sacar la conclusión que el azar nunca es determinante en prácticamente nada, ni siquiera en los juegos de amor, que es algo que no viene en relación alguna, pero que siempre queda bonito decir. Aquella otra señora más joven que leía el periódico con tan poco entusiasmo, resultó ser una de esas mujeres que los hijos contratan para que cuiden a sus madres las 24 horas del día. Para suplir con ello, esa extraña sensación que tenemos los seres humanos cuando no hacemos lo que debemos, como por ejemplo “perder” un poco de tiempo conviviendo con la persona que te dio la vida.
La señora hablaba y la mujer asentía, así dos y tres y cuatro veces. Era inevitable que en algún momento me pillara observándola, así que cuando esto sucedió, preparé mi mejor sonrisa, y la mujer que vio el testigo tendido, se vino dos posiciones hacia atrás y me contó su historia. Ella tampoco cree en los amores imposibles, así que seguramente por ello, no nos enamoramos.
Fabio Expósito Rodríguez
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