Fabio Expósito Rodríguez © Todos los derechos reservados

11/12/09

señora de las seis décadas ´


Lo contaré tal y como lo recuerdo:

Cuando la vi no reparé en su presencia. Pero la cola por la que ambos esperábamos era demasiado larga como para no intentar averiguar algo sobre aquellas personas, y por lo que sea, esta vez le tocó a ella.

En realidad no fue tan casual como lo pinto, en un primer momento he de reconocer que me recordó a mi abuela, por esa extraña sensación que adquieren las personas mayores, de hablar siempre sobre cualquier cosa como si todo en su mundo tuviera mucha importancia.

Al principio pensé que simplemente comentaba el periódico con otra señora más joven, que por algún casual había ido a parar justo a su lado. Pensé que por cortesía esta se dedicaba a asentir todo lo que la mujer mayor decía, pensé que tendría sus propios problemas y que por lo que fuera no quería darle conversación.

Pero suele pasar, y sobre todo en las colas largas, que nadie es lo que parece. Cuando una persona hace cola en un lugar público, siempre intenta de cualquier forma demostrar que está allí por algo fortuito, que no son sus dominios, que hay algún fallo en el papeleo. Cualquier escusa, la que sea para dejar claro a los demás, que hacer colas en lugares públicos implica una bajada de su estatus social, y que en cuanto termine seguirá con su vida emocionante.

El caso es que tras observar a la señora, vine a sacar la conclusión que el azar nunca es determinante en prácticamente nada, ni siquiera en los juegos de amor, que es algo que no viene en relación alguna, pero que siempre queda bonito decir. Aquella otra señora más joven que leía el periódico con tan poco entusiasmo, resultó ser una de esas mujeres que los hijos contratan para que cuiden a sus madres las 24 horas del día. Para suplir con ello, esa extraña sensación que tenemos los seres humanos cuando no hacemos lo que debemos, como por ejemplo “perder” un poco de tiempo conviviendo con la persona que te dio la vida.

La señora hablaba y la mujer asentía, así dos y tres y cuatro veces. Era inevitable que en algún momento me pillara observándola, así que cuando esto sucedió, preparé mi mejor sonrisa, y la mujer que vio el testigo tendido, se vino dos posiciones hacia atrás y me contó su historia. Ella tampoco cree en los amores imposibles, así que seguramente por ello, no nos enamoramos.

Fabio Expósito Rodríguez

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17/11/09

Tanausú :

Historia de la isla de La Palma

Contra la nobleza del hombre nada puede hacerse. Ante la llamada de su amigo, Tanausú bajó de su refugio en el que nunca consiguieron entrar los españoles. Pensó que era cierto, que el enviado de Isabel y Fernando, haría honor a su reino y firmaría con los benahoaritas la paz, aceptando la derrota. Pero contra la noblezadel hombre nada puede hacerse, y cuando llegó a la playa, cuando vislumbró el mar, cuando dejó atrás su casa, Aceró, los españoles armados bajo las órdenes de Alonso Férnandez de Lugo, lo capturaron. Maniatado, despojado de su condición de Mencey de Aceró fue subido a un barco y enviado a España. Corría el año 1493, Cristóbal Colón ya presumía del descubrimiento de América, y un insurrecto aborigen era engañado para vencer su resistencia, porque contra la nobleza del hombre nada puede hacerse. Cuando supo que sería convertido en esclavo, prefirió morir; durante los siguientes días no ingirió alimentos ni agua, y en el segundo antes de cerrar sus ojos para siempre gritó, “Va caguaré” por su tierra.

FabioExpósitoRodríguez

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08/11/09

Arte Sano

01/11/09

es fácil¿

Es fácil escribir sobre cualquier cosa, si al lado de tu casa pasan unas vías de tren. Sólo hace falta ser un poco observador y algo creativo, y de cada viaje, cien palabras que contar.

Pero más fácil es escribir sobre cualquier cosa, si al lado de tu casa cada vez que levantas la mirada te encuentras con el horizonte; el mar. Porque el olor a sal es diferente y embaucador.

FabioExpósitoRodríguez

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23/10/09

estación de pasiones y virtudes

Lo contaré tal y como lo recuerdo:

Eran las diez y media de la mañana del día más frío que me viene a la memoria; no obstante al día siguiente nevó, solo que eso yo aún no lo sabía. Sucedió bastante rápido, el andén hasta los topes y el cercanías que aparece al fondo de las vías. Todos se mueven para buscar su sitio, en estas que la valentía se pone delante y la envida que la ve, se tira hacia primera fila. En estas que su codo impacta en el orgullo que decide no dejarla pasar. La envidia que se sabe débil se agacha y busca otro camino por debajo de las piernas de la esperanza, que la deja pasar. Al llegar se encuentra con la mentira que le dice que NO, que ella no está allí, y comienzan una acalorada discusión. Llega el tren, se abren las puertas y empiezza a bajar pasiones y virtudes, la alegría que sale cantando, la pena que sale llorando, y de la mano de la inteligencia sale la sabiduría, sabiendo. Es el momento de que subamos, y todos se “tiran” sobre el medio escalón del vagón, en estas que nos veo a mí, a la tranquilidad, a la vagueza y a la esperanza esperando. La envida que nos ve, y decide bajarse a esperar con nosotros, yo que me muevo hacia el vagón, la envidia que me ve y me agarra de la chaqueta, el tren se va. Yo me desequilibro y me voy hacia atrás, caigo a las vías y gritando desde la ventanilla, dice la mentira que NO, que no me he caído. Me duele mucho la espalda, y me cuesta mover las piernas, arriba la esperanza esperando, la envida que se plantea si tirarse ella también, y la vagueza que se ha quedado dormida.

De repente veo aparecer a la paciencia que pasaba por allí, baja a las vías, me sube sobre sus hombros y me lleva fuera del andén. Las piernas me vuelven en si y me pongo de pie, la esperanza me habla al oído y nos vamos los dos, caminando poco a poco hasta la próxima estación.

Fdo: el AMOR

Fabio Expósito Rodríguez

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10/10/09

el CUERPO del delito [

El era un muchacho de ciudad, tendría unos veinte años mal llevados. No recuerda muy bien lo que se le pasó por la cabeza, cuando aquel portero cuadriculado le negó la entrada a la discoteca. Le gritó más de cuatro insultos y se fue.

Desde lo lejos veía como entraban bajo las puertas otras personas, y como aquel portero de discoteca lo miraba sonriente. No recuerda muy bien lo que se le pasó por la cabeza pero agarró una botella que alguien había dejado olvidada, la escondió bajo su chaqueta y allá que se fue. Se presentó delante del hombre y de un solo movimiento le fue a romper el cristal contra su cara. Luego corrió, corrió lo más que pudo, corrió tanto que se olvidó porque lo hacía.

Lo malo de los jóvenes es que siempre acaban yendo al mismo lugar. La policía que una vez fue joven y dicen que tampoco es tonta, se acercó hasta el parque, buscando aquel muchacho de unos veinte años, con camisa roja y pantalón vaquero, rubio de pelo y absorto de corazón. Lo vieron sentado, soltando humo de la boca.

Cuando vio llegar aquel hombre de frente, vestido con ropas extrañas y la mirada fija en su camisa roja entendió que debía echar a correr. Se topó con una muchacha que lo intentó detener, pero con un puñetazo en la cara la fuerza del abrazo se evaporó.

Pero ella a sus treinta y largos, no se dio por vencida y corrió tras el muchacho. Pronto su compañero se quedó atrás entre los callejones con olor a orina, pero ella no desistió. Se sabía de memoria el mapa de la ciudad, así que ante la velocidad de su contrincante se supo más lista y atravesó calles que sólo las putas conocen bien.

En una esquina, maldita esquina, un golpe en las costillas lo llevó hasta el suelo. Sin reacción tenía sobre su pecho sus rodillas. Ella le dijo algo sobre que estaba detenido, pero él no la quiso escuchar. Le dijo que la quería que estaba enamorado. Le puso las esposas y se lo llevó por las calles de las putas, confiada ante aquel muchacho de unos veinte años.

Consiguió separar sus manos maniatadas de las suyas, y en lugar de correr la empujó contra la pared y le dio un beso. Ella le dijo que era un crío, y él le dijo que le ayudara a madurar. Ella le besó y el beso le supo a sangre, le quitó las esposas pero no se fue. Y por dios que esa noche se escucharon más gritos en la calle, que los gemidos fingidos de las putas de Madrid.

Ahora viven en un piso pequeño, de unos 60 metros cuadrados. Él ha dejado de ir a discotecas y al parque y se ha puesto a estudiar. Ella sigue en la policía, pero ya no persigue a veinteañeros, se entretiene en el despacho, rellenando papeles, esperando la hora en punto para volver a casa, y recuperar la juventud que no le dejaron vivir.

Fabio Expósito Rodríguez

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23/09/09

Soñador-

Lo contaré tal y como lo recuerdo:

Apenas llevaba dos semanas en Madrid, poco a poco me iba haciendo al estilo de vida de la ciudad, a su ritmo vertiginoso, al tiempo aprendí a no esperar por nadie. Me convertí en una de esas bestias que habitan la gran ciudad.

El tercer sábado, bien entrada la mañana agarré la mochila y la cámara, y me fui con la vana intención de visitar Salamanca. Tardé apenas quince minutos en llegar hasta la estación. Aquí en los pasos de peatones existe la curiosa costumbre de empujar al de delante para así ayudarlo a llegar antes a los sitios, además por los laterales te golepan con sus antebrazos para evitar que te salgas de tu camino, sin duda mucha gente amable convive en la gran ciudad.

No sé cómo deben sentirse los urbanitas cuando visitan el campo verde, pero a buen seguro no es lo mismo que sentí yo cuando entré en el enorme edificio de aquella estación por primera vez. Pregunté y pregunte, y entendí que la generosidad es inconmensurable en la gran ciudad, ellos que ya sabían de mis traumas venidos de la infancia, en lugar de indicarme el camino, me daban largas para que yo consiguiera llegar hasta mi andén y comprar el billete por mí mismo, y así crecer como persona.

Mucha gente no sabe lo difícil que resulta descifrar un ticket de tren cuando lo tienes en tu mano por primera vez. Tampoco lo complicado que es descubrir que los asientos están numerados en la parte alta, cuando mides casi dos metros, y lo más que logras distinguir es la moqueta del suelo. Pero una vez más la amabilidad tomó los mandos de la situación, así que poco a poco me fueron invitando a abandonar cada uno de los asientos que elegía, creo que cambié hasta cuatro veces de vagón hasta que al final decidí quedarme de pie. El revisor que me vio en esa pose, entendió que lo de mi barriga ya superaba lo normal, así que en lugar de indicarme mi asiento decidió quedarse callado, y mirarme con un gesto extraño, que me hizo plantearme buscar un gimnasio al día siguiente.

Al fin el tren comenzó a andar, y es desde entonces que yo permanezco cuasi quieto y perturbado ante la imagen que se deslizó por mis pupilas cuando el sol dio con mi vagón. Tardé una hora en llegar a Salamanca, pero enseguida compré otro billete y regresé de vuelta a la gran ciudad. Estaba tan contento que decidí homenajear a los urbanitas con su misma simpatía, y cuando una señora mayor insistió en sentarse en mi asiento, le lancé una de esas miradas como diciéndole que ya tenía los suficientes años como para buscarse la vida; y un asiento.

Eran las cinco de la tarde cuando bajé de nuevo del tren. En lugar de seguir a la marabunda, por primera vez en dos semanas me fui a contracorriente. Me dirigí decidido hacia donde el andén deja de serlo para convertirse en aire. Me senté en el bordillo y de un salto llegué hasta las vías. ¿Saben esa extraña sensación, esa canción, esa anécdota de tu abuela, es déjà vu que consigue convertirte en un niño de nuevo? Pues allí estaba yo de uno a otro lado de las vías, jugando a mantener el equilibrio.

De repente ocho amables guardas de seguridad se tiraron encima de mí. Entendieron que como estaba allí solo y me lo estaba pasando muy bien, podría escaparme para seguir jugando, así que me ayudaron a disipar esa macabra idea, golpeándome en el suelo cuando ya llevaba un rato reducido, prácticamente desde que me dieron el primer empujón contra el acero.

Ya en la comisaría me acusaron de cientos de cosas, que si insultos a los agentes, que si desorden público, que si puesta en peligro de la seguridad de los pasajeros, que si manché con la sangre de mi cara el pantalón de uno de los que me propinaron las patadas, que si ensucié las vías con mis dientes, y otros menesteres que más vale obviar.

Ahora resulta que se han inventado una cosa que se llama juicios rápidos, menudo invento más bueno, apenas tuve que dormir dos noches en el más que cómodo calabozo de la comisaría. La verdad es que la policía aquí es casi tan amable como sus gentes, ellos que también sabían algo de mi historial médico, decidieron que lo mejor sería una litera con un casi inexistente colchón, muy bueno para mi problema de columna. La verdad es que desde entonces me siento mejor, tengo menos dolores, he llegado incluso a plantearme dormir en el suelo de mi habitación.

Cuando el señor juez, al ver mi estado deplorable, me preguntó con un gesto de condescendencia, ¿cómo se declara?, yo sólo pude responderle; culpable de saber soñar.

Fabio Expósito Rodríguez

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22/09/09

La Gran Vía

Lo contaré tal y como lo recuerdo:

Se llamaba Jenel Wullf Pérez , hija de Rudolf y Martina. Tenía cuarenta y dos años y vivía en Valdemoro. Corría como una loca hacia la boca de metro de Gran Vía, por mucho que grité su nombre no consiguió escucharme y enseguida alcanzó las escaleras. Apresuré mi paso para intentar “pillarla” en los pasillos antes que se decidiera por una u otra dirección, pero cuando llegué al subsuelo no había rastro de su traje azul marino con falda hasta la rodilla.

No tenía mucho tiempo de reacción, y de nada me hubiera servido echar a correr este cuerpo tan viejo, así que conseguí llegar hasta el cruce entre la línea 1 y 5. Con una energía olvidada mucho tiempo atrás, comencé a “parar” a todas las personas que venían de uno y otro lado como vahídos contra mí. Les describí tan bien y rápido como pude a Jenel, hasta que un muchacho al fin me dijo que recordaba haber visto a una mujer semejante, entrando en su vagón, dirección Valdecarros.

Mis mañanas consistían en subir y bajar la Gran Vía en ambas direcciones, así que un poco de emoción no me venía nada mal. Cuando llegamos a Sol, pensé en bajarme, de hecho apoyé toda la fuerza de mi brazo sobre el bastón, pero una sensación extraña hizo que me dejara mecer sobre el asiento, es como si mi razón hubiera perdido la partida contra la intuición. Lo mismo me ocurrió en Tirso de Molina y en Antón Martín, pero cuando sonó por megafonía Atocha Renfe, un escalofrío recorrió mi cuerpo, y supe que la siguiente era la mía.

Como antaño llegué hasta allí movido por sensaciones, sin nada más que mis piernas, y ahora un bastón de sauce. Busqué en todas aquellas personas los rasgos que recordaba de Jenel, pero me era demasiado difícil, los años habían conseguido menguar mi cuerpo algunos centímetros. Así que una vez más dejé de lado el raciocinio y con un sobreesfuerzo conseguí subirme a lo alto de uno de los bancos. Entonces la vi al fondo entre las hojas de palmeras, saliendo a la calle, ahora con un paso más tranquilo.
Subía por el Prado sin levantar la vista del suelo. Cuando yo me cansaba ella parecía aminorar el paso, un par de veces más grité su nombre, pero Madrid no le dejaba escucharme. Tardamos más de quince minutos en ver Cibeles, y entonces comprendí que seguramente volvía a buscar lo que era suyo. Como yo pensaba cruzó hasta Alcalá, y cuando llegó al Metrópolis se paró en seco, buscó un banco solitario y se sentó. Tan rápido como pude me acerqué a ella, y cuando estuve a un par de metros supe que estaba llorando.

Cuando me senté a su lado ni si quiera se paró a mirarme, enseguida estiró su mano derecha hacia mí y carraspeo sutilmente. Desconcertado saqué el carnet de mi mano y con más miedo que precaución lo puse sobre sus dedos.

- Mi familia dice que estoy loca y mis amigos hace algún tiempo que han dejado de serlo. Mis amantes vuelven cuando no encuentran otras camas. Mis hijos no pueden soportar la idea de que aún no los haya concebido. Mi perro aún me espera en la perrera de Alcorcón. La cuchara del café de mañana no tiene la certeza de que la utilice.

Me dedico a recorrer el mismo camino todos los días. Me cuelo en el metro y nunca debo nada a nadie. Si alguien hiciera una encuesta en esta ciudad, nadie marcaría mi casilla. Cada día cuando despierto me invento un nombre nuevo y luego lo plastifico; lo dejo caer en la acera y me voy a recorrer mi camino. Cuando vuelvo siempre está donde mismo.

Pensé que algún día un hombre lo agarraría. Que luego me pediría matrimonio y la casa que aún no existe me taparía del frío. Lo imaginé alto y bajo, gordo y delgado, con los ojos azules y verdes, ojos negros y marrones, con la nariz ancha y aguileña, grande y pequeña, con unos labios carnosos o finos, con unas manos ásperas o suaves. Me creí que me agarraría del brazo y me sacaría de mi camino.

Y ahora que lo veo a usted, con el pelo blanco, los ojos grises y las manos arrugadas; pienso que quizás, solamente quizás, toda mi vida no haya sido más que una pérdida de tiempo.


Pero no os creáis que tarda ni cinco minutos en llamarme cada mañana, si no me ve subiendo por delante del Metrópolis para perseguirla entre los andenes, a eso de las ocho y cincuenta y nueve, la Gran Vía.

Fabio Expósito Rodríguez
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15/09/09

Instrucciones´

Es fácil, simple y bastante sencillo escribir una buena o bonita historia, que no historieta, para convencer a asiduos y efímeros visitantes, sobre tus más que aceptables cualidades para la escritura común.
En primer lugar y como ya he demostrado anteriormente, se deben utilizar las suficientes palabras, siempre sin pasarse de su precio justo, poco frecuentadas en el vocabulario coloquial o vulgar del día a día. Amén de dejar atrás palabras o expresiones con poco sentido o carga ideológica y sentimental.
A continuación debemos plantearnos una buena historia, como por ejemplo las historias de amor, que siempre gustan, incluso a esos que presumen de tener pelos más abajo del abdomen, entre muslo y pellejo, ¿hombres? Las ciudades suelen ser perfectas para citar ciertas situaciones. Además se aconseja que llueva y que ella vaya oculta bajo un sombrero o paraguas de marca; sencillas las mujeres. Si la calle puede ser adoquinada y peatonal siempre será mejor, ya que el asfalto negro y las líneas blancas tienden a distraer según que sentimientos.
A partir de aquí se plantea una situación más concreta. Alguien debe ir distraído, siempre será ella, por aquello de la condescendencia machista hacia las mujeres, con aquella falsa afirmación que las metaforiza como ángeles inocentes y débiles; punto y coma. Él que es muy avispado, punto y coma, la verá aparecer desde el final de la calle, y durante esos treinta segundos que tarda la muchacha de las botas rojas en llegar hasta su posición, se estará preguntando todas esas cosas que las mujeres piensan que los hombres hacemos.
Esta parte es muy importante, aquí debe desarrollarse la trama central de la historia. El chico camina de un lado a otro, en horizontal de la calle. Se muerde las uñas, entre su frente y su nariz se forma un río de agua que cae del cielo, sus ojos rebuscan en la memoria las palabras de ayer, sus piernas no consiguen la agilidad necesaria para mantener la vertical, la camisa marca demasiada tripa, el reloj está roto y muestra una fecha que nunca volverá, los calcetines cantan colores diferentes. En definitiva todas esas cosas que podrían o pueden llegar a pasar cuando ves venir de frente unos ojos verdes, azules o negros; por norma general siempre hay que omitir los ojos marrones, porque no gustan, pero sobre todo porque son mis preferidos y me niego a compartirlos con nadie.
El final debe ser bonito o feo, pero nunca indiferente. Lo bueno, lo interesante es dejar un cierto hilo de misterio o todo lo contrario, pero siempre y de forma obligatoria y no impugnable, sorprender, por aquello de que los finales es lo que se recuerda no por finales, sino por ser lo último.
Hay finales que salvan el resto de palabras, como hay hechos que salvan vidas, o dioses que no son capaces ni de salvarse ellos mismos. Pero además debe ser simple, por ejemplo una frase que resuma un sentimiento, o incluso menos. Pongamos que la chica se acerca al muchacho, y este le corta el paso nervioso, ambos se miran a los ojos, recuerdan cosas que fueron y otras que no pudieron ser. Miran sus labios y sienten algo más que impulsos, pongamos que la lluvia deja de caer, y el sol aparece justo entre sus caras, pongamos que una señora empuja a la muchacha y la acerca descuidadamente hasta que sus mejillas casi se rozan, pongamos que sus manos frías se juntan, pongamos que entonces justo en el segundo cero, ese en el que la bala destroza la frágil piel del corazón y lo atraviesa en su inmensidad, ella abre la boca, y dulcemente le dice: - No.

Fabio Expósito Rodríguez
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22/08/09

Una luz se apaga





Lo contaré tal y como lo recuerdo:
Era sábado, era verano y era tarde. La luna llena se dejaba ver a nuestra derecha. Paseábamos tranquilos entre plataneras y el mar. Hablábamos de lo de siempre, un poco de cine, un poco de música y bastante más de arte. Nos gustaba discutir, muy pocas veces pensábamos igual, y cuando lo hacíamos, llegábamos por caminos diferentes; éramos distintos al fin y al cabo.
Estuvimos bebiendo toda la noche, algo de vodka barato y cola. Y con el paso de las horas y el alcohol, con las idas y venidas a orinar las farolas del paseo, nuestras palabras se hicieron más graciosas, pero también algo más sinceras. Así que la conversación se tornó en una declaración de sentimientos entre dos buenos amigos que hasta ese momento nunca lo fueron.
No nos declaramos amor eterno, la historia no va por ahí. Fue algo más bonito que eso. Mirándome con sus ojos fijos en los míos, me contó todo aquello que le preocupaba, todas sus historias, todos sus males, sus penas y mentiras. Se abrió ante mí, y dejé de verlo como la fachada en la que todo el mundo se fija.
Cuando el sol salió, nuestras piernas colgaban en dirección al mar. Como pudimos nos dimos un fuerte abrazo, le dije adiós y lo dejé allí. Sé que me miraba mientras huía de su lado, pero de nada hubiera servido volver la cabeza. Apagué el móvil y estuve andando casi toda la mañana, fui hasta la playa y me dejé llevar por el mar un buen rato, luego pasé por el parque y me dejé llevar por el viento. Cuando los grillos cantaban decidí volver a casa.

Abrí la puerta, y vi a mi madre empapada en lágrimas, gritando y gritando. Se tiró encima de mí y acabamos los dos en el suelo, su cara era una mezcla de rabia y lástima. Luego balbuceó algo que yo ya sabía. Mi hermano no volvería a casa; esa noche.

Fabio Expósito Rodríguez
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09/07/09

tentación;

Lo contaré tal y como lo recuerdo:

Salía tarde del trabajo, corrí rápido hacia la estación para resguardarme de la húmeda lluvia gris. Compré el billete y esperé quince minutos al tren que me llevaría cerca de la monotonía.

Subiendo al vagón, una voz por megafonía anunció que la última parada del trayecto sería tentación. Me senté justo en el medio, y por más que quise no pude quitarme de la cabeza ese nombre de estación de la que nunca había oído hablar. Para mí el tren no era más que ese transporte que comunicaba mi vida de siempre con mi nuevo trabajo, un andén entre mi pasado y mi futuro.

A eso de las cuatro de la madrugada bajaba el peldaño del vagón hacia una parte de la ciudad totalmente desconocida. Enseguida alguien se dirigió hacia mí, por atrás rozó sus pechos y sus caderas conmigo y antes de que pudiera fijarme en aquel edificio, puso sobre mis ojos una venda negra. Mis oídos se pusieron alerta, y por el ruido supe que aquel lugar estaba más transitado que cualquiera del resto de estaciones. A ciegas intenté buscar un sitio donde sentarme, pero los bancos estaban todos ocupados, incluso el suelo, hombres y mujeres, hombres y hombres, mujeres y mujeres, incluso hasta casi mujeres con casi hombres.

Evasión, allí de pie en medio de la nada, entre ciento de voces y besos sentía esa libertad que había ido perdiendo con el tiempo y el matrimonio. Poco a poco me fui haciendo con el lugar, cada noche luego del trabajo, dejaba atrás mi parada y continuaba hasta la tentación. Ella no sabía si llegaba a casa a las doce o a las seis, y si lo sabía no parecía importarle. Después de una semana me atreví por fin a probar los labios de alguien. Constantemente llegaban hasta mi trasero roces de manos que buscaban esa sensación que sólo conocen los amantes. Nunca probaba lo mismo, si conocía esas manos o esa boca, me disculpaba y seguía buscando otras nuevas.

Pero como suele pasar casi siempre, un día probé una boca que no quise dejar de probar, sentí que su caricias eran bendición. Y de repente me vi volviendo a tentación no para convertirme en un experto en el arte de amar, sino para poner sobre la mesa todas las cartas que me llevarían hasta ver el color de sus ojos. Atracción. Durante algunas semanas cada madrugada nos buscábamos entre cientos de bocas, para al amanecer encontrarnos siempre, bajo el tracateo del enorme reloj que nunca vimos.

Y así sucedió por meses hasta que entendimos que aquel sitio ya no era para nosotros. Un buen día, subimos en un tren de vuelta hacia nuestras rutinas, cogidos de la mano. El buen revisor tuvo a bien quitarnos nuestras vendas negras, para descubrir que no hay mejor tentación que ver frente a ti esos ojos, que llevaban mirándote media vida; mi esposa.

Fabio Expósito Rodríguez

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29/06/09

neverSKY

Eran las dos de la madrugada cuando salió de su casa. Ese viernes como cualquier otro, en busca de aquellos niños que lo ayudarían a parar el avance del reloj del cocodrilo. Anduvo por la ciudad horas y horas, visitó los campos, voló sobre las montañas y buceó bajó el mar. Pero una noche más, y ya pasaban demasiadas, no encontró a nadie que atendiera a sus fantasías. Los niños ahora se entretienen en otras cosas, se olvidan que son niños y se apremian por crecer.

Unos golpes en la puerta lo despertaron del sueño por la mañana. Al abrirla no encontró a nadie, tan solo una caja de cartón envuelta en un papel brillante y de varios colores. Cuando leyó la pequeña tarjeta que lo acompañaba pensó morir; allí rezaba: Felicidades.

En poco menos de dos horas su casa estuvo totalmente rodeada de paquetes semejantes al primero, más grandes o más pequeños, pero todos envueltos en papel brillante y con un lazo. Y es que ninguno de sus amigos se había olvidado de ese día.

Solo que en lugar de abrirlos los fue amontonando en cada una de las habitaciones, hasta que el reloj dio con las doce de la noche y comenzó otro día. Entonces lentamente agarró aquel primer paquete, retiró con cuidado su lazo, miró en su interior con miedo y no vio nada, tan sólo el reflejo de una lágrima. Exactamente lo mismo que ocurrió con cada uno del resto de los regalos, todos estaban vacíos y con marcas de lágrimas.

Y es que ya sabemos que a nadie le hizo demasiada gracia en Neverland, que Peter Pan, cumpliera por fin años;

al menos cincuenta años.

Fabio Expósito Rodríguez

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06/06/09

el duende de las moralejas

Dicen que en la vieja Irlanda, habitan duendes y hadas. Cuentan que si cierras bien los ojos, y olvidas haber crecido, tú también puedes verlos.

Una mañana el duende de las moralejas dejó de asistir a su cita. Esperaron hasta que la luz se fue. Pero aquel día no subió al gran trébol milenario para contar sus historietas. Fue entonces que se dio la voz de alarma, y bajo la luz del fuego comenzó una búsqueda que recorrería toda la isla y todo el continente. Se enviaron mensajeros hasta los acantilados más lejanos. Se rastreó cada camino y sendero, cada riachuelo, cada hoja seca. Incluso el orgullo de las hadas, bajó con ellas de las copas de los árboles, para ayudar en la búsqueda.

Pero por más que buscaron no apareció, así que con el tiempo dejaron de llegar hasta el trébol, cada día, duendes de otras praderas. Las cosechas empezaron a secarse, y los duendes dejaron de trabajar. Los niños no fueron al colegio, y a las hadas se les secó el polvo de sus alas. El cielo se volvió gris y el agua imbebible. Y así uno a uno y una a una, todos los duendes y hadas de Irlanda se fueron muriendo.

A los diez años, en otra mañana, sobre el trébol casi descompuesto apareció de nuevo el duende de las moralejas, que prosiguió con sus historietas como si nada hubiera pasado. No contó donde había estado, tampoco nadie la preguntó. Pero desde ese día volvieron a transitar el poblado cientos de duendes y algunas hadas. Los campos se volvieron verdes, y los niños inocentes volvieron a los juegos.

Moraleja: El que puede hace lo que quiere; mientras tanto los demás se mueren

Fabio Expósito Rodríguez

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caballero -

Con la calma de un caballero, iba de local en local remontando la rambla hacia la plaza del ángel. Con su parsimonia entraba pidiendo permiso, bajándose el sombrero y saludando bien con la mano, bien con dos besos, a señores y señoras dependientes.

Pedía permiso para colocar sus textos en las cristaleras, en los tablones de anuncios, sobre las mesas y bajo las sillas.

A eso de las once y media, y luego de recibir otra negativa, se sentó derrotado en un solitario taburete al final de la barra. Pidió unos huevos revueltos y cola, sacó su pluma, y sin ton ni son se puso a dibujar sobre las servilletas que tenía a mano. Cuando terminó su desayuno, pidió la cuenta, dejando de propina uno de sus machangos.

Estaba segura que no me reconocería, ese día llevaba zapatos de tacón, lo cual sería toda una novedad para sus ojos, además había recogido algún que otro trapo del armario de mi hermana. Un enorme sombrero y tres horas de estúpido maquillaje para completar el disfraz.

Cuando fueron las tres, y mientras mi estómago me reclamaba a gritos, sin previo amago se dio la vuelta y desanduvo todos sus pasos. Entendí que volvía a casa, así que me acerqué hasta uno de aquellos escaparates y desde entonces, no puedo parar de llorar.

Siempre has pensado como yo, que soy del todo prepotente. Que soy capaz de hacer girar el mundo con la única premisa de conseguir para mí la razón. Quizás lo que más moleste no sea el pensamiento, sino el hecho irrefutable que confirma que ello es cierto. De igual manera, no has sabido comprender del todo bien mis palabras cuando han jugado al corre ve y dile con las metáforas. Culpa de ello no a tú persona, sino más a bien tus sentimientos, por aquello de cerrar los ojos ante la evidencia, y acabar chocando de bruces contra puertas de cristal que parecen abiertas. Aún así, y más allá de recochineos, reprimendas o revueltas al pasado, sólo quiero dejar bien alto y claro una única verdad. El hecho una vez más irrefutable, que confirma que yo sabía que acabarías preguntando a bien por mí, disfrazando tu mirada, releyendo mis palabras y empapando una vez más, el suelo con tus lágrimas.

PD: Tanto como tú; yo o más.

Fabio Expósito Rodríguez

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30/05/09

LA cUeRdA del reloj-

Para esas fechas, ni si quiera hizo falta decir adiós.

Se sentaron en un banco y se dieron el último beso con apenas un roce de labios.

Pasearon entre los interminables árboles de Central Park. Cogidos de la mano.

Una conversación casi monosilábica y seca. Una nueva cita.

Discutieron por última vez. Cuestión de celos, de discusiones pasadas de moda, pero sobre todo ese desgaste que produce en los sentimientos el paso del tiempo.

Se dijeron malas palabras, las peores palabras y nadie dio su brazo a torcer.

Ella vio donde no debía y él vio lo que quiso ver. Malas miradas, de esas que duelen.

Uno, dos y tres desplantes de cara al público, una mezcla entre vergüenza, orgullo y rabia.

Entonces ella lo dejó todo a un lado y se fue.

Se echaban de menos cada primero de mes cuando descubrían que despertaban solos cada uno en su cama.

Se llamaron por teléfono cada diez minutos, para contarse las cosas que habían hecho o habían dejado de hacer.

Entonces él se fue.

Aparecieron los caprichos.

Amueblaron la casa. Días enteros con los carros de la compra repletos de tablas y detalles.

Se fueron de viaje a París, a Génova, a Islandia.

Se veían cada día, y si no se imaginaban.

Se conocieron despacio, entre oficinas y El Retiro, pasearon los martes. Se juraron amor para toda la vida.

* “Pero las cosas nunca son lo que parecen” (releer el texto empezando por la última frase)*

Fabio Expósito Rodríguez

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22/05/09

la chica del paraguas

Llovía en toda la calle. Caían gotas de agua veloces y finas, como queriendo hacer herida en la piel. Corría un viento estrepitoso al paso de los tranvías. Al oeste el sol se escondía. Y dejaba paso a un paisaje de película. Se marcharon los colores y el gris lo inundó todo en la Ciudad del Adelantado.

Caminaba, despacio. Aparentando el mismo ritmo al andar que a buen seguro mantenía cada día. En su pelo la gomina de la mañana brillaba, con el golpeteo en la cabeza de las gotas de agua veloces y finas. Vestía de gris, como las paredes, como la acera y sus adoquines, como el humo de los coches, como el alma. De un gris más bien, oscuro. En su pecho una camisa de botones empapada, con el cuello arriba. Con los puños abiertos y los dedos abiertos, buscando las gotas de agua veloces y finas.

Hacía ruido al pisar, con sus zapatos enormes de payaso, de piel de cocodrilo. En su hombro izquierdo colgaba la chaqueta, elegante. En sus oídos dos auriculares, con un cable enorme que llegaba hasta uno de los bolsillos de su pantalón, protegiéndose de las gotas de agua veloces y finas.

En su cara una sonrisa, o al menos una mueca de sonrisa, sin dientes. La barba empapada, la boca seca. Sus ojos oscuros acostumbrados a la oscuridad, abiertos como platos, agradables, vigilantes. Y una gota constante de agua bajando por su nariz, lenta y gruesa.

Cruzaba los pasos de cebra, esquivaba las bicicletas, las goteras de los balcones, los mirones de los balcones; sorteaba las prisas en las aceras. Cuando una muchacha se paró a preguntarle si quería refugiarse en su paraguas, no lo dudó. Tiró aquel paraguas al suelo y la invitó a salir de su escondite.

Fabio Expósito Rodríguez

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18/05/09

benedetti!!

http://www.elpais.com/articulo/cultura/poeta/compromiso/elpepucul/20090517elpepucul_6/Tes

Te marchaste viejo, ni si quiera me diste la oportunidad de conseguir la plata, y coger un avión que me hiciera sobrevolar el Atlántico hasta Montevideo. Pero no te culpo, tú viviste demasiadas cosas, e incluso te dejaron solo y no una sola vez. Demasiadas historias en las que yo ni si quiera había nacido; pero tampoco me importa, no quiero ni necesito conocer todos los detalles de tu vida para así subirte a un pedestal de oro y diamantes.

Sin con algo me quedo tuyo no es con tu cara, ni con tus manos de abuelo, ni con tus cicatrices, ni tampoco con tu bigote pasado de moda, ni si quiera con tus geniales ideas o verborrea política afín a la izquierda. Me quedo con las palabras, con lo que dijiste y te acordaste de anotar en la computadora, con lo poco que yo he podido mirar, me quedo con las apariencias de tus letras ordenadas.

Pero sobre todo, yo que nunca te conocí me quedo con los poemas. Con el poema que siempre utilizo para enamorar a cada mujer que conozco, en la novena cita; si llego. Pero también con los otros novecientos noventa y nueve poemas para seguir probando en la décima cita, y si sale bien por el resto de mis días y citas. Porque soy ese vago que no te dejaron ser, para no tener que quedarme noches en vela atando mis palabras desordenadas a un cordel, y que mis globos vuelen sobre las cabezas de las señoritas con el éxito asegurado. Para hacerte justicia y que todos sepan que tú y yo, alguna vez, compartimos una táctica y estrategia.

Fabio Expósito Rodríguez

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Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
.
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
.
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
.
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
.
no haya telón
ni abismos
.
mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites

Mario Benedetti

12/05/09

llUEVE,

te esperaba y no viniste… me lo habías prometido, pero nunca apareciste...

mis huesos calados por el río de agua que había surgido del cielo, mis ojos continuando con el río de agua que había surgido del cielo...

te vi a lo lejos, y cuando te acercaste supe que no eras tú, y mi corazón salió del pecho, y me abofeteó dos veces y luego echó a correr...

y mi razón esperó conmigo, y me explicó porque no vendrías, y también me convenció de que al final vendrías, y se equivocó, y dejó de ser razón...

y pensé en llamarte, en escribir una carta al cielo y pedirle explicaciones; en poner en rojo los semáforos y gritar tu nombre por si alguien te había secuestrado; hablar con los periódicos y colocar una foto tuya y otra mía en cada portada... tocar tu timbre y hacerme pasar por el cartero de un poeta muerto; subir quince montañas por si te veía a lo lejos; fundar toda una ciudad con tu nombre por si te daba curiosidad y venías a visitarla, y entonces sorprenderte bajo tu estatua, y darte un beso... porque ayer no lo hice...

y entonces vi mi reflejo en un charco, y me acordé que los sueños nunca se hacen realidad, que tú y yo no habíamos quedado frente al reloj de arena, que ni siquiera sabías mi nombre... que la arena que había traído el viento, haría crecer aquel viejo desierto; esta noche...

fabioexpósitorodríguez

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09/05/09

soñé _

Al tiempo pensé que si tocaba sus pechos a menudo podría llegar hasta su corazón. No tardé en darme cuenta que estaba equivocado. ¿Pero qué quieres?, adoraba esos pechos...

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03/05/09

3º de mayo

Estoy nervioso, demasiado nervioso para ser algo que hago casi todo los días. Me sudan la frente y las manos y a buen seguro también la entrepierna. Escucho los gritos de los primeros maleducados que no saben ser pacientes y esperar y anda corriendo como caballos desbocados buscando la primera fila. Los gritos de los estúpidos técnicos de sonido de una compañía de la que nunca escuché hablar, que van de un lado a otro intentando afinar las guitarras. Miro arriba y sorprendo al ver a otro subalterno colgado del techo, comprobando que los focos de colores no necesitan velas para prender. Mientras, el director de seguridad de turno me sonríe con una falsa mueca pensando que me deja más tranquilo.

No sé muy bien a donde ir, así que bajo las escaleras de mi quinto piso y me oculto de los laterales del escenario escapando de las fotografías fuera de escena. En el camerino todo son risas y lágrimas entre el batería que hoy perdió a la vieja de su abuela y el guitarra que por fin consiguió su chinita. Al verme aparecer con gesto serio todos se quedan en silencio, son ya muchas noches y viajes como para lanzarme una palabra al viento. Entonces comienza una estúpida retahíla de comentarios por lo bajini sin demasiada importancia sobre todos aquellos aspectos imperfectos o curiosos que hemos visto en el trayecto en autobús entre la terminal del aeropuerto y el pabellón de juegos de la ciudad, previo paso por un hotel de primera situado en lo alto de la colina de una zona muy semejante al barrio donde nos criamos.

De nuevo se me revuelven las tripas y me veo corriendo por los pasillos en busca de un váter. Agarro el rollo de papel que cuelga de la pared y me limpio los restos de vómito de la boca y la camisa. Corro hasta el enorme espejo, aprieto con todas mis fuerzas los dedos cerrándolos en un puño y golpeo la imagen que se reflejan en mi pupila. Mi mano sangra sin reparo mientras me quito los trozos de cristal que se han quedado incrustados en la piel. Entonces ella abre la puerta.

Pega cuatro gritos a gente que ni si quiera conoce y enseguida se hace con vendas, desinfectante y hasta matarratas si hubiera sido necesario. Me dice que me tumbe en el sillón y comienza a contarme las historias de siempre. Sonríe y me mira a los ojos como nadie saber hacerlo. Al final me abraza, se va afuera con todos los que no me conocen y me pide que la busque una vez más. Sólo que esta, no será una más; señora de las cuatro décadas.

http://www.youtube.com/watch?v=v9tesWhADQY

Fabio Expósito Rodríguez

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23/04/09

el Polvo Más Rápido del mundo

esa jodida sonrisa que la convierte en irresistible; para cuando me quise dar cuenta, ya se había marchado...

FabioExpósitoRodríguez
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22/04/09

Lo ProMetO´´

Sobre papel escribiré las palabras más bonitas que recuerde cada noche. Situaciones que no hemos vivido, para las que nos ha faltado valor; por ejemplo te quise. Cambiaré tu cara por las cientos de muchachas que habitan mi ciudad, en los parques, si se descuidan puede incluso que les agarre la mano; para pasear entre las farolas.

Sobre hierro forjado y acero, dormiré las palabras más intensas cada noche. Ilusiones mojadas en tinta, durmiendo cerca del andén de la estación. Con la vana esperanza de verte aparecer entre el tren de las doce y cuarto, y aquel que siempre va y viene entre mi mundo y nunca jamás. Mis sueños serán diferentes y no dejaré tiempo para la disputa o el desencuentro, completaré el calendario con deseos de felicidad.

Sobre madera, ofreceré las palabras más reales cada noche. Bajo cerrojos cerrados, tras la indiferencia de editores, escritores, ayudantes, literatos, académicos, empresarios, influyentes políticos y artistas. Viviré en las aceras de uno para otro lado, comeré en las solanas, sólo por ello. Romperé mis nudillos y con sangre firmaré la última página de la historia que está por llegar.

Luego, cuando el mundo sea justo, tú abrirás un día un libro de alguien que no te quiere. Por curiosidad rebuscarás en su interior, y entonces verás todas aquellas cosas con las que soñaste, y un simple para ti, bastará para saciar tu sed. No me llames, no pienso responderte.

Fabio Expósito Rodríguez

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06/04/09

eL LadO OscurO deL CorazÓN-

Podría aceptar unos labios que fueran lo más gruesos o lo más finos, que su nariz pareciera aguilucho, o elefante, o perro labrador. Aceptaría de buen gusto unos pechos grandes, o pequeños, con las luces prendidas, o mirando al cielo, o buscando en el fondo del mar la añoranza de un recuerdo. No me importaría, un trasero enorme, o polvo de hueso, y algunas curvas asimétricas que parecieran más un sueño. Unas mejillas coloradas, o llenas de pecas, o marcada por la juventud que pudo o no, haber vivido.

Pagar de uno a cincuenta billetes en un viejo cabaret, tan solo por tenerla; y compartirla con otros hombres que pagan más de cincuenta billetes. Desnudarme enfrente de ella, y sacarme el corazón del pecho, y entregárselo en bandeja de plata. Perdonarle la vida porque sus ojos no vean el mundo, o porque su color no es claro ni tampoco es oscuro. Viajar por toda Buenos Aires vendiéndome en un quiosco, por una chuleta. Dormir entre los penes y vaginas gigantes de un anciano escultor idealista. No me importaría incluso tener que casi plagiar una película argentina de los años noventa, o citar al Benedetti, o venderme a la publicidad, para decirle estas palabras. Hablar más de dos veces con la muerte de frente, y conseguir que se enamore de mí, y atreverme a rechazarla por ella. Mirar al mar y gritarle al cielo, incluso podría desdoblarme en mi soledad, y hablar conmigo mismo. “Pero lo que no les perdonaría bajo ningún concepto, es que no sepan volar, si no saben volar, pierden el tiempo conmigo”.

Fabio Expósito Rodríguez

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31/03/09

Puedo sentir los versos más tristes esta noche

Puedo sentir los versos más tristes esta noche.

 

Sentir por ejemplo que la quise de madrugada,

Teñido de añil el cielo y a lo lejos mirando La Palma.

 

Puedo sentir el viento que me miró incluso; tocarla.

 

Cada madrugada, cuando las sábanas eran un juego.

Ahora se me enredan entre las patas, pero la quise.

 

Niego sentir esta noche, cada noche pasada.

Me dijo te quiero y no mentía, me dijo adiós.

 

Puedo sentir el calor más intenso; madrugada.

 

Puedo sentir esta noche que la tengo entre mis brazos.

Pero no la tengo entre mis manos, se me escapó el alma.

 

Conozco todos sus recovecos, sabría encontrar el camino,

Pero no la quiero, ni le echo de menos.

 

Puedo sentir que no siento; nada.

 

Escribir un libro de nuestra historia, a lo sumo diez páginas.

Dibujar con luz y grana las mentiras, terminarlas.

 

Escuchar a las nubes recitando poesía y ayudarlas.

Conocer a Cupido y escupirle en la cara.

 

Puedo sentir que los versos son tristes; Neruda.

 

Apagar las luces que rodean mi casa, no pararle a la palanca.

Caminar hacia el mar sin mirar adelante o a detrás.

 

Volver a mi acera, volar por debajo de mis lágrimas.

Conocer otros abrazos, cambiar el color de mis sábanas.

 

Puedo sentir esta madrugada, las heridas más quemadas; el viento.

 

Mas se acaba, para que mi madrugada siga sin estrellas.

Porque al alba todo se acaba, al alba.

 

.

 

 

Fabio Expósito Rodríguez

Puedo parafrasear las palabras esta madrugada


la Chica del Café;

Entré corriendo en el café. Bajo el sonido de la campanilla al abrir la puerta, busqué el felpudo para no dejar marcas sobre el parquet, pero mi cuerpo solo encontró el suelo en un vergonzoso y estúpido resbalón. Su mano suave me ayudó a recuperar la vertical, aunque no pudo hacer nada con el rojo de mis mejillas. Entre miradas lascivas y carcajadas poco disimuladas, me arrinconé tras la compañía de la coqueta camarera, en la mesa junto a la entrada de los urinarios. Me miró con la misma expresión de todos los días y gritó a su espalda –lo de siempre-. Brindó, brindé, brindaste.

Aquella mañana no había demasiadas personas, el puente de primavera hacía huir a la gente de la ciudad. Así que cuando me trajo el zumo de naranja y la tostada bañada en philadelphia, se sentó sin ningún disimulo frente a mí. –Me gusta ponerte nervioso- dijo. Y permaneció allí impasible hasta que yo por fin terminé. Mientras me limpiaba alguna que otra miga que se había quedado en el cuello de mi camisa, se levantó, inclinó su cuerpo hacia delante y me dio un beso en cada mejilla. –Me encanta ponerte nervioso- dijo.

Entonces la campanilla sonó de nuevo, echó la vista atrás, recogió los restos y se fue como si tal cosa. Ambas cruzaron sus miradas, una con el poder de saberse ventajosa, la otra con la indiferencia que le otorgaba su traje de chaqueta. Me excusé dos minutos y marché al baño. Para cuando volví escuché las mismas palabras que llevaba oyendo un año y dos meses –tengo prisa, ¿qué querías?-.

Sus insultos se podían oír desde dos calles más allá. Caminaba hacia atrás, como una loca con la boca abierta, sin fijarse en los coches que más de una vez estuvieron a punto de atropellarla, sin percatarse de la lluvia que empapaba su maquillaje vulgar. Yo permanecí de pie, apoyado sobre unos hombros que ya no serían lo mismos. –A mí también me gusta ponerte nerviosa-.

Fabio Expósito Rodríguez.

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20/03/09

señor don;

Me gusta actuar. Colocarme delante de la cámara y repetir una y otra vez las escenas bajo la máscara de personajes a los que me gustaría parecerme. Me gusta ser un héroe y olvidarme que cuando el objetivo se cierra he de volver a mi vida. Amar a una mujer cada película distinta y emborracharme bajo las bandas sonoras que recuerdan tiempos donde el corazón y la fortuna eran más afortunados. Vencer a los que son más fuertes que yo, con un juego de buen estratega, luchar contra los poderosos del cuento y vencerlo como en todos los finales felices.

Me gusta dirigir. Colocarme tras un gran grupo, sentarme arriba en el sillón más alto y controlar desde allí cada uno de los movimientos de cientos de personas. Decidir las horas a las que sí y las horas a las que no. Llevar a cabo mis caprichos sin la necesidad de que fulanito me de la negativa. Cumplir mis sueños dirigiendo la película de mi vida.

Me gusta escribir. Comenzar a garabatear en tres o cuatros columnas el guión de una película inimaginable para muchos. Detallar los matices, hacer anotaciones al final de la hoja, llenarlo todo de asteriscos y aclaraciones. Crear un mundo en el que me sienta cómodo y del que sólo yo conozca los recovecos. Dar vida a personajes que jamás la tendrán, a la mujer que espera tras el muro de cristal con sus zapatos rojos, por ejemplo.

Me gusta iluminar. Hablar con unos y con otros, entender lo que los demás quieren y con un golpe a la memoria hacerlo posible. Mirar una y otra vez el mismo escenario, descifrarlo, preguntarle al sol por donde saldrá mañana y cuánto tiempo va a estar parado. Subirme a la escalera para colocar el tungsteno en el lugar exacto, proponerle a luna una cita después del catering de media noche.

Me gusta producir. Ayudar a los demás, a un pobre actor de tercera, a una joven e inexperta directora a cumplir algo más que un sueño. Me gusta que tengan ilusiones y poder cumplirlas, dar una parte de mí a ellos y recibir algo a cambio, algo más que dinero; mucho dinero.

Me gusta criticar. Entrar en valoraciones, tener sobre mi mesa mil variantes y mil posibilidades diferentes de hacerlo todo. Creerme el director, pensarme el actor, imaginarme produciendo, soñar que ilumino, pensar que escribo y obtener un resultado del todo satisfactorio. Comparar mis vivencias con las suyas y llegar a la misma conclusión; tras cada película existen diez mil historias.

Fabio Ezpósito Rodríguez

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17/03/09

El abuelo

"Para cuando miró el espejo el niño encontró de nuevo su reflejo"

Fabio Expósito.
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09/03/09

fuTuRO impERFECTo_-

Era joven, demasiado ingenua cuando decidió ponerse aquel anillo en la nariz. Ahora entre los rayones y dedicatorias del espejo, sólo alcanzaba ver una infección llena de pus, que estropeaba lo que un día fue un objeto de culto. Lo mismo había pasado con sus pechos, la gravedad finalmente había podido con cualquier operación de estética y ya no tenía el dinero de entonces.

Se colocó el sujetador y recordó otro de los errores de juventud, un tatuaje en el hombro, lo que un día fue una violeta se había convertido en un mal recuerdo, en un algo sin significado, crucificado por las arrugas y las cicatrices que el camino le había ido regalando. Instintivamente tapó su obligo con las manos, escondiendo otro secreto más austero.

Odiaba esa ropa, odiaba profundamente su cuerpo, en lo que se había convertido, odiaba sus compañías, su trabajo, odiaba a su jefe. Del cajón semivacío había rescatado una falda tan vieja como su fortuna. Recordaba haberla utilizado por última vez uno de aquellos días en los que visitaba la facultad, para aprender, para sentirse útil. La camiseta, la de siempre, de asillas, con un escote cuadrado para intentar engañar a quienes no se fijaban en los detalles.

Agarró su bolso y fue hasta el lugar acordado. A la entrada, el camarero la miró y pensó por más de diez minutos si echarla enseguida o dejarla allí. Notó lástima en sus ojos y como se apiadaba de ella; odiaba dar pena. Se encendió uno de esos cigarrillos que le habían provocado una tos terrible para el resto de su vida. Y esperó, bebiendo un ron y luego otro. Con el tiempo había aprendido a emborracharse para evitar a la conciencia, no buscaba más que sentirse menos culpable.

Un hombre viejo y asqueroso apareció por la puerta y la agarró del brazo. El camarero que era tan ingenuo como lo fue ella, se apresuró a liberarla, saltó de una vez la barra y se enfrentó al don viejo, pero con un gesto triste ella asintió y se marchó con el caballero.

Me dejó una tarjeta, que alguien tenía a bien haberle pagado, donde rezaba en letras muy grandes y negras, subrayadas, entre comillas y en cursiva, con su número de teléfono; “que puta es la vida”.

FabioExpósitoRodríguez

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13/02/09

Numerología

Cuenta atrás y sumarás trece días a partir de mañana, sabiendo que para entonces, en el catorce ya no queda nada que celebrar. Se te olvidarán los besos que me diste y no podrás contar si quiera con calculadora todas las veces que quise rozar tus sábanas. Nos vimos once veces y nos abrazamos diecinueve, derramaste cinco lágrimas que yo te sequé diez veces, me miraste cuarenta y nueve y solo una me quedé sin palabras, porque donde pensé decirte dos, mi boca se quedó callada y solo pensó que sería mejor esperar veinte semanas…

Se hicieron duras, a cual más ninguna; sufrí treinta y tres ataques de celos con treinta y dos chicos diferentes y pensé que mi corazón no lo aguantaría entre cero y una vez. Recorté tus fotografías de papel pintado ciento ochenta y cuatro veces y usé la papelera ciento ochenta y cuatro veces. Te amé de día y también de noche, entre las doce y las cinco de la mañana y para cuando el sol salía de nuevo me ponía a la labor de odiarte, cada diez minutos pensaba en tus diez dedos, y entonces supe que no soportaría diez caricias, cada diez u once meses…

Fueron dos golpes en tu puerta aquella mañana, en la que tú saliste una última vez. Te miré a los dos ojos y te di dos besos, te agarré las dos manos y pisé tus dos pies para parar el reloj en la hora que esperabas… se detuvieron también las veinte nubes que sobrevolaban la ciudad, dejaron de caer las 5 millones de gotas de agua del cielo, incluso se paró el viento y nuestra respiración, y donde dije digo, dije… dos palabras.

Fabio Expósito.

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28/01/09

Rumbo al norte

Mañana agarraré la libreta donde tantas palabras se quedaron, y haré con una o dos hojas, un barquito de papel. Confío en que las leyes de la física y las matemáticas no tengan a bien estropearme el plan. Bajaré hasta la playa, seguramente andando, para no olvidarme de los que se quedan cerca de los patios donde corrí ayer.

Abajo desnudaré mis pies para subir a bordo de mi barco; tocando por última vez la arena del color de la noche. Luego llenaré de aire mis pulmones y soplaré con todas mis fuerzas, sobre la vela imaginaria que ha de llevar a mi nave. Con la mano izquierda sujetaré las cuerdas invisibles del mástil, para no caer de mi sueño y con la derecha marcaré mi rumbo, sobre ese pequeño timón que no existe.

Iré dejando a estribor tierras de color amarillo durante demasiadas jornadas. Con la fortuna de que en alta mar no me hará falta demasiada comida, si hago bueno uso del anzuelo que esconderé en el bolsillo de mi camisa blanca. Pescaré seguramente leche para el desayuno, algo de carne para el almuerzo y pasta o pizza para la cena. Y alguna que otra película en dvd para los tiempos muertos entre el agua y la sal.

Y cuando piense en volver a casa y mi cabeza se esté volviendo loca. Cuando me de por recordar las cosas que nunca fueron y no serán, al fin llegaré a destino. Cuando mis ojos encuentren un faro, y un pedazo de tierra saliente y orgullosa. Quizás un cabo con nombre de palo.

Fabio Expósito.

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18/01/09

Días buenos o malos*

- Hay días que el campo se muestra maravilloso. Y el horizonte juega con nuestros ojos a enseñarnos el mar y las montañas a la par. Los árboles son verdes y el otoño hace tiempo que se marchó. Y si por una u otra razón una hoja se desprende, danza con el aire antes de tocar el suelo. Las orquídeas compiten contra margaritas y rosas por el amor de las abejas, y una ardilla que nunca fue feliz, se columpia entre las ramas de un sauce llorón para cambiar la historia. El silencio camina por los caminos y la figura del hombre hace tiempo que dejó de ser humana. El río repica contra la piedra redonda y a contracorriente suben en busca de su casa más de uno o dos salmones. El cielo se abre al sol, y el azul se mezcla con el amarillo en acuarela y pastel. El canario canta más alto que nunca, y donde se acaba el paisaje hay alguien que quiere escuchar, que el campo está radiante de vida.

Hay días en que la ciudad se esconde con miedo. No existe el horizonte y las puertas no dan a basto para despedir a los que quieren volver a casa. Los carromatos manchan las paredes de barro a su paso, y el animal asustado defeca sobre lo que ayer pensábamos que era adoquín. Se cierran las ventanas y el olor recuerda otros tiempos donde la peste acechaba en las esquinas. El obispo se asusta en el sótano, junto a la culpabilidad y un poco de orina. Y las brujas abren los brazos, para ver si de una vez ese agua sucia, consigue apagar las llamas de su hoguera. Los buitres sobrevuelan el mercado y algún que otro niño que se desprendió de su madre antes de tiempo, es llevado a lugares donde la decencia y la razón han perdido más de una pelea. El cielo se desploma sobre la catedral y los rayos de dios impactan contra la vanidad del hombre, para que el gris resurja entre el óleo y acrílicos, vociferándole al mundo que la ciudad se muere.

- No entiendo maestro… ¿qué quiere decir?

- Que no existen días buenos o malos; sino pintores extraordinarios.

Fabio Expósito Rodríguez.

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03/01/09

5000 años

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Hallados/restos/pareja/abrazada/enterrada/hace/5000/anos/elpepusoc/20070207elpepusoc_4/Tes


Era el vigésimo día de camino y sus cuerpos estaban totalmente agotados. A veces descansaban sus cuerpos contra el barro, pero luego no les quedaban fuerzas para recuperar la vertical. Los primeros días del camino comían de los morrales de cebada y trigo que habían robado de la casa de Sir. Pero al tiempo el peso se hizo menor en sus espaldas, y estos terminaron por vaciarse. Al igual que sus estómagos que no conocían los frutos que encontraban en los árboles, y los rechazaban al poco de haberlos ingerido.

Se veían cada día, él era propiedad de su familia. Y trabajaba en la cosecha del trigo en los grandes campos de Asur. Había sido raptado en el Oriente, más allá de cualquier frontera conocida. Con sus ojos más rasgados de lo normal, era conocido más que ningún otro esclavo en el valle. Su coraje y su fuerza se hicieron pronto famosos, amén de sus constantes intentos de escapatoria. Tenía tantas cadenas como cualquier bestia.

A ella le habían encomendado limpiar aquellas heridas provocadas por el acero. Cada anochecer cuando el sol se escondía en el este. Con agua y un trapo, tan solo conseguía refrescar la sangre y hacerla más viva dentro de la herida.

Pero cuanto más andaban más seco era el clima, y también sus frutales. Desde hacía una semana no encontraban un arrollo, un río o charca de agua. Sus bocas parecían cerrarse hacia dentro en busca de líquido en su interior. Pero el sol parecía castigar con latigazos sobre sus cuerpos sudorosos. Ella cayó al suelo sin fuerzas, tirando de su brazo acabaron los dos sobre las piedras. Sabían que eran los últimos momentos, que esa noche que aún estaba por llegar los atraparía para siempre. Así que con tan solo la mirada se fundieron en un eterno abrazo.

Sabía perfectamente donde guardaban las llaves. Pasó entre los lechos donde dormían sus padres y hermanos, y con más o menos sigilo llegó hasta él. Lo desató y lo abrazó con todas sus fuerzas. Y rápidamente ambos echaron a correr fuera de la ciudad, con la disculpa de la noche. Cuando ella preguntó que a donde se dirigían, él le dijo que hacia el este, en busca del sol que nunca desaparece. 5000 años más allá de su casa.

Fabio Expósito.

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http://www.youtube.com/watch?v=mjFZxjtZaLE

http://www.pedroguerra.com/


12/12/08

Diario de un Enfermo -

Cada mañana mis párpados se abren de golpe, como si despertara de una pesadilla. Y es que cada noche cuando los cierro, olvido donde duermo de un tiempo a esta parte.

He aprendido a despertarme a la hora exacta del desayuno. Inconscientemente siempre miro a mi izquierda, buscando el sol. Pero las cortinas hacen de barrotes de mi cárcel. Mi madre llega siempre justo cuando acabo el desayuno. Me da un beso, se sienta en el sillón y enciende la tele.

Al principio dormía a mi lado todas las noches. Pero con el tiempo, entre todos, la fuimos convenciendo para que se fuera a casa junto con el sol. A veces me agobia saber que estará ahí todo el día. Así que a veces le digo que se marche a dar un paseo. O me invento cualquier capricho. Pero siempre vuelve. Con una enorme sonrisa, o como otras veces, con los ojos rojos y una mueca tímida que intenta disimular las lágrimas. Ella es mi mejor enfermera. Creo que es lo que más admiro de mi madre. Desde que nací, hasta el día que me dieron la peor noticia, siempre ha estado ahí. Como si el hecho de traerme al mundo la obligara a cuidar de mí para siempre. Ya no pasa las tardes con sus amigas. Ha dejado el trabajo y sólo vive para mí. Nada me molesta más que el saber que nunca se lo podré pagar.

Después del almuerzo, y si hay suerte, siempre suele venir alguna visita. He aprendido a escuchar con paciencia a los viejos. O por el contrario a sacarles las palabras con mondadientes. Son esas típicas visitas de los amigos de tu abuelo que han ido a ver a algún otro amigo que, como yo, no pasa sus mejores días. Me encanta ahondar dentro de sus cabezas. Creo que las personas con el tiempo se hacen más vulnerables, porque quizás ya no tienen que competir, o porque simplemente están cansados de mostrar algo que no son. Así que los más mayores se olvidan de prejuicios y se muestran al natural.

Cada dos días, aparece por la puerta mi padre. Se pega mañana y tarde trabajando. Ahora más que nunca, creo que lo ayuda a olvidarse de los problemas, a olvidarse de mí. Siempre muestra un rostro serio. Ya no hace las bromas de siempre. Extraño ver sus dientes. Muchas veces sale corriendo al baño. Él se cree que no lo escucho, pero siento sus lágrimas como si salieran de mis ojos. Cada vez que llora un trozo más de mi vida se escapa.

Hay días que me cuesta despedirme de ellos, me da por pensar que será la última vez. Los medicamentos han sustituido por completo a mi batallón de defensas. Y mi cabeza se vuelve por momentos loca. Recuerdo los juegos de pequeño, y a mi hermano. Él no puede venir a verme, porque está demasiado lejos, así que cada dos o tres días me llama. Mi hermano me da ánimos hasta el momento justo de colgarme. Me cuenta sus estúpidos chistes, o me recuerda las jugarretas que hacíamos juntos de pequeño. A veces le da por llorar y yo no puedo contenerme.

No sé si esta será la última noche, y las últimas palabras de mi diario, pero lo cierto es que nada me gustaría más. No soporto el constante dolor de cabeza, apenas puedo buscar con la mirada las cortinas que se han convertido en mis barrotes. Nada deseo más que mis padres se olviden de mí. Sé que eso nunca pasará. Pero también sé que me he convertido en una carga. No soy lo que ellos querían. Ya no se sienten orgullosos de mí. Cada lágrima que sueltan también les arranca un poco de vida a ellos. Ojala no exista mañana.

Fabio Expósito.

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13/11/08

el escritor mediocre -

Perdí mi pluma. La pluma roja con la escribo todas mis palabras. Anduve buscándola por todos los lados, en todos los rincones. Pero hasta hoy no la encontré.

Al principio probé con otras plumas, bolígrafos y grafito. Pero solo me salían borrones y garabatos. Los turistas no entendieron mis indicaciones. Los profesores mis respuestas. Tan si quiera mi madre, que me conoce mejor que nadie, pudo entender mis sentimientos. Así que poco a poco me fui encerrando entre paredes. Dejé de ir a por el pan y la comida se hizo innecesaria. Apenas dormía minutos y ese mismo tiempo, dejó de tener sentido. Ordenaba y desordenaba mi casa sin parar. Ahogaba los gritos de mi padre en mis orejas sordas. Y las cartas del pasado, aún cerradas, caían en un viejo cajón.

Un buen día, mi buena madre entendió, que ya iba siendo hora de encerrarme en un psiquiátrico. Pero fue que pasó, mientras cruzaba la acera, una muchacha que yo bien recordaba. Y a la que con la sapiencia de que no me entendería, le anuncié lo guapa que hoy estaba. Sorprendiendo a diestro y a siniestro, la joven respondió, con un merecido agradecimiento a mis palabras. Y mi madre que aún mantiene la boca abierta, fue que decidió, que esperaría a mañana.

Y mañana llegó y la muchacha con él. Mi madre relamida, le explicó la situación. Y ella con aún menos disimulo, agarró fuerte los billetes y se dispuso a mi lado. Jurando en vano y en alto, que de ahora en adelante el mundo sabría de mí, a través de sus labios.

Y pasaron los días y alguna que otra semana. Cuando yo más bien por entendimiento, y ella poco más que por falta de entendederas. Nos dijimos mirándonos a los ojos, lo hermosos que hoy estábamos.

Así pues que el deseo se hizo eterno, y fue que me enseñó de nuevo, el camino hasta su cama. Y en esos momentos en donde las palabras se hacen más que innecesarias. Encontré mi pluma, entre su polvo y su almohada. La había robado de mi vida, de mis bolsillos, quizás con la vana intención de que volviera a su lado. Me conocía tan y tanto, que no sólo me había robado la pluma. Me había dejado sin palabras.

Fabio Expósito.

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21/10/08

montserrat-

La alarma del reloj lo devolvió a la realidad. Se levantó del banco y fue hasta el enorme edificio. A esas horas de la madrugada cada sonido se multiplicaba por mil. Primero sus pasos sobre los adoquines y luego el chirriar de la puerta, parecían sacados de una película de época.

No le había costado demasiado esfuerzo conseguir la llave de una de las puertas laterales. Hacía ya una semana que había conseguido colarse en la sacristía. El nerviosismo se disipó al comprobar que no habían cambiado la cerradura ante el robo de la llave. Cerró por dentro.

Conocía cada detalle, y por supuesto sabía perfectamente donde estaba el panel de luces. Así que con ayuda de una linterna llegó hasta la puerta principal. Activó tan solo los focos que iluminaban los grandes pilares, para no llamar la atención desde el exterior.

Sin miramientos, subió por el retablo de madera y oro, dejando las marcas de sus zapatos por todos lados. La imagen estaba protegida por una puerta de barrotes de acero. Pero un golpe seco contra el pequeño candado bastó para que cediera. Rebuscó entre los mantos cubiertos de oro de la virgen. Allí estaba.

Su madre antes de morir le había revelado algún que otro secreto. Al principio no creyó en las historias fantásticas sobre órdenes y sectas que escuchaba. Pero al poco de fallecer, llegó a su casa una carta con sello de lacre que llevaba su nombre. Antiguos documentos, fotografías extrañas y varios cientos de mapas, le hicieron despertar de la incredulidad. En la mayoría de ellos, hablaba sobre la herencia de varias decenas de joyas de los templarios. Eran joyas de tierra santa.

Poco importaba ya el ruido. Así que lanzó desde su altura el cofre contra las losetas de la catedral. El crujir de estas inundó el edificio. Cerró la verja, escondió el candado y bajó de nuevo por el altar. Ya en el suelo cogió algunas de las joyas. Sabía que no tenía escapatoria, así que se sentó a esperar en la primera fila de bancos.

Se apagaron las luces. Desde uno de los accesos hacia la nave superior empezaron a bajar gentes con sotanas y capuchas. No se distinguía su sexo. En su mano derecha portaban algunas antorchas que iluminaron los antiguos clavijeros de una luz naranja intensa. Entonces una pequeña figura salió de la fila, recogió las joyas y las introdujo en el cofre de nuevo. Luego corrió hasta los bancos y le ofreció su pequeña mano. Era la hora.

fABIO eXPÓSito.

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01/10/08

eL hUEco de lA lUNA ;

Aquella noche era la última, la despedida. Por uno u otro motivo el lugar elegido era la playa. Aquel trozo enorme de arena entre acantilados. Era imposible llegar hasta ella por distintos lugares. Así que se habían citado en el aparcamiento. Un tímido saludo y algún beso entre mejilla y mejilla.

Nadie escuchó una voz mientras bajaban las escaleras. Su mirada era más trivial que de costumbre. Le gustaba el lugar pero no lograba concentrarse en el paisaje. Los ojos abajo, casi tan abajo como sus pies. Los nervios ganaban la batalla a cualquier atisbo de razón. Su mano derecha rozaba las betas de las vallas de madera. Sus pies jugaban con el picón del camino.

Los zapatos se quedaron esperando entre las rocas. Los pantalones en la rodilla y el agua por los tobillos. Pasearon juntos rozando sus dedos, como lo hacen los amantes. Pero al tiempo entendió que su camino no era el mismo, y la dejó marchar. El orgullo ayudó a sus piernas y llegó al final de la playa. Luego volvió. La esperaba sentado jugando con los dedos de sus pies, la sal y el agua.

La ética impedía que sus labios se encontraran por última vez. Así que por respeto a ella, si quiera dijeron nada. De su bolso sacó un cofre de cristal del tamaño de su mano. Desde fuera se podía ver lo que contenía; cientos de recuerdos. Alguna lágrima resbaló sobre el frío vidrio. De su bolsillo sacó un cordel. Se puso en pie, e hizo que lo ataba desde lo lejos a La Luna. Para cuando tiró de él, La Luna se desprendió del cielo.

Abrió su maletero y no con pocas dificultades metió La Luna. Él subió a su coche, colocó a su lado el cofre, y le puso el cinturón de seguridad a sus recuerdos. Encendieron los motores y se fueron para siempre.

Ahora ella le cuenta a sus amantes, que un día la quisieron tanto que le regalaron la luna. Que la guarda en el trastero atada a un cordel. Él le cuenta a quien tenga a bien escucharlo, que un día regaló su vida. Que lleva tanto tiempo esperando, a que alguna le ayude a rellenar, el hueco de La Luna.

Fabio Expósito.

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12/09/08

desde mi balcón -

Lo contaré tal y como lo recuerdo...

Por esa época me gustaba refugiarme en mi balcón antes de dormir. Me gustaba dibujar a grafito los personajes que pasaban por mi calle. A veces perdía la noción del tiempo. Y cuando visitaba las sábanas, nos abrigaba ya la madrugada.

No recuerdo bien el día que llegaron ellos por primera vez. Pero en más de uno de mis bocetos permanecen aún juntas sus figuras. Lo cierto es que desde que tuve a bien su presencia, nunca más dejé de verlos. Desde mi balcón eran dos pequeñas figuras. Apenas distinguía algunos rasgos. Solían sentarse en alguno de los bancos de la plaza. O pasear arriba y abajo. Parecía que mi calle les ofrecía el refugio que la ciudad les negaba.

Estuvieron viniendo tanto tiempo, que pasaron a formar parte de mi rutina. A eso de las diez. Llegaban ellos y dibujaba yo. Para desgracia de mi curiosidad, por esos tiempos vivía en un cuarto piso. Así que de ninguna manera distinguía sus voces del resto. Quizás por ello, me gustaba imaginar las cosas que se contaban el uno al otro. Con el tiempo dejé a un lado mis dibujos y comencé a escribir su historia.

Era un diario. Cada día describía sus ropas, intentaba descifrar sus expresiones, sus palabras... Entonces pasaron los meses y poco a poco me fui obsesionando. Sólo vivía para su llegada. Incluso un día dejé de ir al trabajo. Apagué el teléfono móvil y me olvidé del resto del mundo. Comía a base de repartidores maleducados. Mi vida eran ellos dos y sus encuentros.

Era sábado y por aquello de hacerle bien a no sé que santo, había fiesta en mi calle. El bullicio era enorme desde abajo. Desde que el sol comenzó a esconderse tras los edificios fue que empecé a escribir el prólogo de esa noche. Había mucha gente así que, describiéndolos casi sin darme cuenta, pronto tocaron las diez. Él siempre aparecía a mi izquierda, con su paso calmado. Ella a mi derecha, su caminar desgarbado me hacía creer que iba dando pequeños saltos.

Apenas pude distinguirlo cuando apareció al final de la calle. Tanto como a mí localizarlo, le costaba a él avanzar entre la gente. Por más de veinte minutos tan solo pudo caminar apenas diez metros. De repente se topó de bruces. Y al segundo estaba enzarzado en una pelea. Con más prisa que maña, comenzó a propinar puñetazos a diestro y siniestro. Pero su contrincante contaba con ayuda. En no demasiado tiempo se encontraba inmóvil en el suelo. La ambulancia no tardó en aparecer para llevárselo.

Cuando giré la cabeza ella estaba subida en uno de los bancos. Intentando seguramente distinguir de donde venía el ruido de las sirenas. Fue entonces cuando pasó. Se llevó sus manos a la cara, y desde la distancia supe ver que estaba llorando.

Cuando la tuve delante de mí no supe como reaccionar. Pensé que tal vez debería contarle la verdad. Lo que le había pasado a él hacía unos segundos. O todo el tiempo que llevaba espiándolos. Las cientos de páginas en las que me imaginaba su historia de amor...

Pero en vez de ello, solo pude acercarme y abrazarla. No rehuyó mis brazos. Entre tanta gente, pude sentir como sus lágrimas rozaban mi cuello. Como mi piel se erizaba ante su tacto.

-¿Así que tú eres? Tú eres el que lleva tanto tiempo espiándome...- dijo mientras con la mano se secaba las lágrimas.

-Ese soy yo - balbuceé sin saber que responder.

-¿Y no crees que ya iba siendo hora de que vinieras a buscarme?

FabioExpósito.

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05/09/08

Soberbia -

Se encontraba inquieto. La batalla contra los atenienses no significaba sólo una derrota. Ahora su pueblo estaba amenazado por la ira de los dioses. Había obtenido permiso para partir en un barco antes que la trifulca tocara a su fin. Tras doce días en la mar la entrada hacia la acrópolis se le hacía interminable. No tuvo problemas para superar los dos anillos de agua. Los guardias formaban parte del ejército. La mayoría incluso habrían colaborado en la construcción del ese barco.

En cuanto pisó tierra corrió hasta la primera montura que pudo distinguir en el puerto. Era de un viejo comerciante, que no puso resistencia ante el uniforme del ejército. Al hacer su entrada se cruzó con más de un erudito. Todos lo conocían; la marcha de filósofos al campo de batalla no era en absoluto una costumbre. Por ello, el día que se anunció desde el Palacio Real su incorporación a filas, dejó el anonimato y la juventud escondidos para siempre.
Hasta que no tuvo el templo de Poseidón en sus narices no recordó la guardia que lo custodiaba. Para evitar dar explicaciones, sin bajarse del equino, comenzó a hacer aspavientos señalando con su mano derecha hacia el canal. Al gritar "atenienses", todos los soldados creyeron el supuesto ataque y partieron de inmediato.
Sabía el lugar donde tenía que buscar. En una de las columnas de oricalco, justo en el centro del pabellón principal, estaban escritas todas las leyes que regían los diez reinos de la isla. Extrajo la daga que guardaba en su cinturón y comenzó a horadar en la base de la columna. Con más fuerza que maña consiguió al fin levantar una de las enormes losetas de mármol del suelo.
Corrió aprisa hacia el exterior, consigo llevaba la prueba del indulto. En un cofre de oro, escrito en griego, los habitantes del Olimpo habían concedido a la isla la total protección ante cualquier enemigo, incluido ellos mismo. Gracias a su inteligencia, su filosofía y sus grandes dotes para la construcción, se habían hecho merecedores del respeto de los dioses.

En el momento que salía del templo, un fuerte terremoto acabó con su cuerpo en el suelo. El edificio que había dejado a su espalda se derrumbó casi por completo. Al igual que la mayoría dela Acrópolis que lo rodeaba. Sin embargo fue cuando alzó su vista hacia el final de la calle, cuando entendió que Zeus había faltado a su promesa. El agua entraba desde el canal con una fuerza imparable. En pocos segundos la soberbia de los Atlantes acabaría con sus tierras bajo el mar; para siempre.

Fabio Expósito.

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29/08/08

Los colores

Cuando el mundo no era más que un boceto a carboncillo, habitaban en este planeta tan solo plantas y animales. Por esta época nadie sabía muy bien cual era su cometido, así que una buena mañana coincidieron en el cielo tanto el sol como la lluvia. De este hecho extraordinario surgió por primera vez un arco iris, y en consecuencia, también por primera vez los colores. Hasta entonces todo era sobre la tierra, en blanco y negro.
Nadie vio los colores, porque en el aburrido mundo en blanco y negro nadie miraba al cielo, porque para entonces el cielo no era divertido. Sin embargo, mientras entre el sol y la lluvia surgía el arco iris, nacía en la gris pradera un potrillo. Sin intención alguna, mientras buscaba las caricias de su madre, fue que vio en lo alto los seis colores.
Al cumplir un año de edad su madre notó algo extraño en la pupila del potrillo. Amén del negro, por abajo de la misma había otra tonalidad, que con el tiempo llamaron violeta. En el segundo año, más arriba el azul. En el tercero el verde. Amarillo, naranja y rojo. Cuando cumplió el séptimo año de vida su pupila volvió a su color negro original. Pero nada volvió ser igual.
Todo lo que miraba el joven potro, adquiría color. En cuanto la manada se dio cuenta de ello, tomaron una dura decisión. Asustados, obligaron al potro a cerrar sus ojos para siempre. Destruyendo además todo aquello que ya no era blanco y negro.
Quizás por lo exótico que implicaba su impuesta discapacidad, fue que en cuanto creció no hubo yegua que no se acercara a él. Con su espíritu afable y luchador, compartió albas y amaneceres con más yeguas de las que ningún caballo pudo imaginar. Todas en la manada deseaban ser su amante. Él, que no podía verlas, nunca lanzó una negativa.
Pasó el tiempo y volvió a pasar. Y una triste tarde su reloj de arena dijo basta. Haciendo un último esfuerzo fue que rompió su promesa y abrió sus ojos una última vez. Allí vio, frente a él, a cada uno de las decenas de hijos con los que alguna vez había jugado, y tantas veces se había imaginado. Todos, como toda su vida, con los párpados cerrados. Pero justo antes de que la tierra lo reclamara para sí, se alzó en sus patas traseras y lanzó tal relincho que nadie en cien kilómetros pudo quedar indiferente. Los caballos asustados hicieron amago por huir. Y sus hijos casi por instinto solo pudieron abrir los ojos.

Es por ello que cada cierto tiempo, el sol y la lluvia se juntan de nuevo. Para recordar el nacimiento de cada uno de aquellos potros, que llenaron como su padre, al mundo, de un color intenso.

Fabio Expósito.
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27/08/08

El juego del parchís

En una ocasión se encontraban jugando al parchís pasiones y virtudes. Con el rojo movía el amor. Con el verde jugaba la esperanza. Con el azul la razón y con el amarillo la envidia.
Pronto la razón comprendió las reglas del juego y poco a poco fue colocando todas sus fichas sobre el tablero. Al tiempo la envidia recurría a extrañas artimañas para intentar pillarla. La esperanza no era muy afortunada en el azar. Por cien veces que tiraba nunca el dado contaba más de uno. Y al amor, como suele suceder, le costaba salir de casa.
El tiempo pasó y la partida parecía decantada hacia un color. La razón, en pos de sus orígenes había conseguido llegar ya con tres de sus fichas. La envidia, que no era menos, contaba también la tercera cerca de la meta. Sin embargo la esperanza seguía con su lento caminar. Y al amor que ya había sacado todas sus fichas le costaba decidirse a avanzar.
Fue entonces que el verde tuvo la oportunidad de comerse al amor o a la razón; y el azul volvió al principio. La envidia se puso furiosa. En cuanto tuvo ocasión otra ficha roja recorría el mismo camino hasta casa. Pero el amor y la razón siempre volvían.
A estas alturas sin desearlo se habían creado dos grupos. El amor y la esperanza que luchaban para que la razón no ganara. La envidia contra ellos.
Pero nada dura para siempre, y poco a poco fue que todos los colores dieron con al menos tres de sus fichas más allá de la escalera. Estaban tal que dispuestos, una ficha para cada color. Más cerca la razón. Atrás la envidia. Luego la esperanza. Y por último el amor.

Entonces tiró el dado la razón que acabó con la esperanza y terminó a dos casillas de su escalera; desprotegida. Luego lanzó la envidia que si quiera pudo contar uno. Pero como sucede siempre con el amor, sobre aquel tablero de parchís pasaron cosas inexplicables. Primero salió seis y luego seis. Y después cinco, para dar con los huesos de la envidia de nuevo en casa. Contó veinte y mató a la razón, de nuevo contó veinte, y por cosas del azar, el amor venció; venció a la razón, derrotó a la envidia, e hizo realidad los sueños de la esperanza.


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